¿Cómo es vivir en el desierto? Buena pregunta y una que nunca me hice, creciendo en el desierto más árido del planeta. Tanto es así que, en clase de geografía, cuando la maestra preguntaba por el desierto más árido, tendíamos a responder que era el Sahara. Pobre profe. Resulta que esa treintena de almas infantiles no registraba que aquel entorno de colores ocres, cafés, azulados, blancos de sal, era el desierto.

Para mí no era más que un patio tremendo donde correr, jugar, contar historias de terror y no querer volver a casa, no fuera cosa que el diablo —y ya sabe usté— de perro pasa a malulo y terminas en un lugar más caluroso que el Atacama.

El Atacama.

Ahí nací, en su costa bañada de océano furioso, burlón. “¿Pacífico quisieron llamarme?”, así pregunta entre sus palabras de espuma y nos escupe bañados más en arena que otra cosa. Cuidado con las olas.

Y crecí detrás de los cerros, la cordillera de la costa, tan alta y agreste que, cuando logras llegar a la cima, te encuentras con un mar diferente, de picos y abismos, porque no solo es alta, también es ancha.

Allá, detrás de los cerros, estaban las oficinas salitreras, los poblados mineros fundados por gringos e ingleses y uno que otro alemán extraviado. Allí nacieron mis abuelos y mis bisabuelos. Soy eso.

También un par de árboles porfiados: el tamarugo y el algarrobo. Y los “deditos”, las suculentas amantes del calor horrendo, llenas de agüita verde. Ha de ser por eso que me gustan tanto las “porfiadas”, las plantas que crecen a pesar del pavimento, del paso del hombre, de la contaminación y hasta de la brea.

Las porfiadas y los deditos tenemos bastante en común. Yo, que estoy hecha de agua y de tierra y de desierto atacameño y de planicie texana, con lluvia de Costa Rica y nieve de los Balcanes. Yo, que soy una mestiza orgullosa, con sangre diaguita, española, inca, portuguesa, un pelito del País Vasco y otro pelito aymara. Yo, que porfío y me salgo del abismo que no es roca, sino dolor existencial, machacando, machacando, machacando.

¿Cómo es vivir en el desierto? Es sed. Es mejillas rojas. Piel morena. Ojos resistentes al rayo solar. Es irrepetible, incontable, inolvidable. Aun así lo intento, intento contarle a usté lo que fue crecer allí y lo que duele no habitarlo más.

Así, suculenta sigo. Y porfiada sigo. Y desde todo aquello escribo.

Mi historia

people riding on red kayak on sea during daytime
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A journey to the south of the world

Client: Alanui / New Guards Group

Creative concept by Rachele Proli

Words by Andrea Amosson

Directed by Ivan Olita

Produced by The Family

Antofagasta, Chile

Desde Texas, donde vivo, escribo y comparto historias que conectan con mujeres de todo el mundo.